Este blog fue creado para la materia Apreciación Literaria, perteneciente a la carrera de Periodismo integral del Instituto IESERH Rosario, Santa Fe, Argentina. A través de este medio, publicaremos los contenidos de las clases y materiales complementarios al cuadernillo, con el fin de que puedan seguir los temas dados y estar actualizados con las tareas si no han podido asistir. Al final de cada entrada, encontrarán un espacio para subir comentarios, tareas y dudas.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Participamos de la expo 2013!

Aquí están las producciones del grupo. Los felicito por el compromiso, quedé muy contenta con el trabajo realizado.

Soneto a Rosario (Emanuel)


Bendita Rosario, la del Che, la de Olmedo,
La que guarda una pelota en cada esquina,
Tan francesa y en tu Círculo te sueño,
Tan canalla, tan leprosa, sin espinas.
Tus mariposas vuelan muy tecnicolores,
Tu Paraná refresca las orillas de tu río,
No te cargues en el hombro los rencores
De los que un día se olvidaron de tu olvido.
Con tu Messi gambeteando con amigos,
Con tu Independencia apoyándose en tu
ombligo,
Hasta el Negro desde El Cairo te pintó.
En tu barco esta la niña más mimada,
Tan celeste, blanca, altiva, mas soleada
La bandera que Belgrano nos legó.

Paraná querido (Emanuel y Evangelina)

Mi Paraná querido, que lindo volver a verte, aunque los años pasaron es difícil borrar de la memoria esa agua calma que corre en tus venas
La gente Tranquila con su mate que se acerca de a apoco a disfrutar de tu calma, tu paisaje , tu belleza
Los niños jugando a orillas del río miran al horizonte, mientras los barcos de carga navegan a lo lejos
Mi Paraná querido es difícil olvidarte y no recodarte, cada vez que el sol se aleja y la noche se acerca, la melancolía vuelve a mí al igual que esas ganas infinitas de volver a visitarte
Mi Paraná querido tendré que seguir extrañándote hasta el otro día cuando vuelva a mirarte y el sol refleje otra vez.


 Silos Davis (Cristina)

En mi bella ciudad se albergan
Aquellos silos que mucha historia guardan
Y desde ellos se observa el majestuoso rio Paraná
Que su inmensidad asombra.
 
Están pintados con infinidad de colores
Que provocan que la gente se asombre
Cuando te encuentras frente a ellos
Su altura provova un gran estupor
 
 
Cada vez que me acerco a los Davis
No puedo evitar centrar mi mirada en ellos
no sé que tendrán esos silos
pero sé que nunca van a pasar desapercibidos

RÍO MUJER (Fabricio)

Parado,
Con los pies cubiertos de arena,
Dejo que vuele mi cabeza
Y busque esmeraldas
En tu vientre color ocre.
Letargo de sombrillas
En mi umbral,
Pareos de sombra
Y satén,
Parnaso de sirenas en escote,
Con bocas de desnuda luna.
Hallo inconsciencia
En huesos de pez
Y sueño con morir en un líquido pesar.
Ahora,
Veo tu agua
Y sueño con ciudades blancas.
Sueño besarte,
Pero... ¿dónde se esconden tus labios?
Es tu perfume abisal,
Y son tus arpas de brisa
Que me embelesan.
Los humos de fábrica,
Las quimeras de la urbe
Me hacen desolar
Sin tu canto de agua.
Y yo sólo quiero naufragar en tu cuerpo
Y, al final,
Fenecer.

Rosario querida (María)

Paseando por tus calles, Rosario querida
Me envuelve la historia de tu nacimiento.
Siento el corazón golpetear en mi pecho
Por aquellos tiempos memorables
Que quiero recitarte en versos.

Rosario querida, cuna de la Bandera
En tus escalinatas que me llevan a la gloria
No olvido el anhelo de tu héroe.
Que a orillas del río prometió a su pueblo
Vestirnos en cuerpo y alma albiceleste.

 Rosario querida, del potrero al mundo
Nos regalas el arte y los gritos de vigor.
Con tu lepra victoriosa y cada canalla luchador.
Con la leona más guerrera del mundo,
Y una pulga campeona, ¡tu mejor jugador!

Rosario querida, capital de los sueños dorados.
En cada esquina guardas los recuerdos
De aquellos que han triunfado.

Rosario de lucha (Rodrigo)

En las penumbras de tu noche
De barrio, silenciosa,
Suspiran almas que descansan
De tu rutina abrumadora
Otros luchan
En una pelea inevitable
Luego sucumben al sueño
Allí te encontré tal cual eras, Rosario
Suntuosa, hasta lujosa
De las torres del norte,
Del puerto, de tu centro
Mas miseria, indigencia y tragedia
Son vestigios igualmente
De la ironía de tu suerte
Sentí el fervor de tu solidaridad,
Sentí el vigor  de los que por ti luchan
En tu monumento oí
El grito revolucionario de la insignia
Rebeldía misma del Che
Insurrección de una gambeta inigualable
Reyerta contra la utopía
Desde la cuna de la bandera
Hasta los confines del orbe
Continuaré tu lid
Despertaré
Por ti Rosario


Y aquí está el enlace del video que preparó Emanuel para la presentación. 



¡GRACIAS A TODOS! Son un grupo hermoso


domingo, 20 de octubre de 2013

Clases 14, 15, 16, 17
Las Vanguardias: futurismo, dadaísmo, surrealismo, ultraísmo, creacionismo. Contexto histórico. Características estéticas.
Escritores de vanguardia en América Latina y Argentina.
La polémica Florida - Boedo.

A continuación pueden consultar las siguientes enlaces, además de la lectura del capítulo del cuadernillo que fuimos analizando en clase.

Vanguardias. Características generales
http://www.alonso-gonzalez.net/literatura/vanguardias.htm#caracteristicas


Sobre Florida y Boedo
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-54134-2005-07-25.html

¡Importante!
Trabajo práctico para alumnos regulares:
Los alumnos que se encuentren en esta instancia, realizarán un análisis de UNA OBRA (poesía, cuento, manifiesto) de un autor argentino, perteneciente al período 1910-1930. Será un trabajo individual breve, que presentarán el día de la mesa de examen (11 de diciembre).
Consigna: Deben situar la obra en su contexto histórico y realizar un análisis temático y estético de la misma. Pueden utilizar los ejemplos del cuadernillo, o investigar sobre los autores que se toman como referentes de esta época. A continuación encontrarán material ampliatorio de lectura (opcional):

Oliverio Girondo: "Veinte poemas para ser leídos en el tranvía" http://losdependientes.com.ar/uploads/py4xv3r1t6.pdf
Jorge Luis Borges: Manifiesto del ultra http://artespoeticas.librodenotas.com/artes/1090/manifiesto-del-ultra-1921
Fervor de Buenos Aires (1923) http://biblio3.url.edu.gt/Libros/borges/fervor.pdf
Manifiestos de Revistas literarias: Claridad, Martín Fierro, Prisma y Proa
http://www.revistacontratiempo.com.ar/propuestas.htm
Raúl González Tuñón: El violín del diablo (1926) http://www.bn.gov.ar/abanico/A90912/pdf/Raul%20Gonzalez%20Tu_on%20-%20El%20violin%20del%20diablo.pdf
Nicolás Olivari: La musa de la mala pata (1926) http://losdependientes.com.ar/uploads/8t4j8zvzl0.pdf
Roberto Mariani, obras completas 1920-1930 para descargar https://www.google.com/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=5&ved=0CE8QFjAE&url=http%3A%2F%2Fla-periferica.com.ar%2Fdescargar.php%3Flibro%3D978-987-22685-7-2.pdf&ei=G3hkUvOqO4jo9ASXq4C4Dw&usg=AFQjCNGJjdRKEmVcJ01P9sHJo8SKGoBkTQ&sig2=emvvBJFDnC1RBD7kFVwd2A&bvm=bv.55139894,d.eWU






lunes, 26 de agosto de 2013

Clase 12 y 13
El modernismo hispanoamericano.

Características del modernismo. La renovación poética de fin de siglo en cuanto a temas y forma.
Las influencias: simbolismo, parnasianismo, impresionismo.
Los autores: José Martí, Rubén Darío, José Asunción Silva.

Análisis formal: métrica y rima.
Figuras literarias.

Presentación. Elementos para realizar un análisis formal. Clik aquí:
http://es.scribd.com/doc/163357493/La-Metrica-Espanola-Rev

Presentación sobre el modernismo, aquí:
http://www.slideshare.net/mavi1956/el-modernismo-hispanoamericano

Tarea para el 28/8:
Análisis de los siguientes poemas, según les haya tocado en clase.

1)
Rubén Darío de Cantos de vida y esperanza (1905)

XXXVIII

PROPOSITO PRIMAVERAL

A Vargas Vila.

A saludar me ofrezco y a celebrar me obligo
tu triunfo, Amor, al beso de la estación que llega
mientras el blanco cisne del lago azul navega
en el mágico parque de mis triunfos testigo.

Amor, tu hoz de oro ha segado mi trigo;
por ti me halaga el suave son de la flauta griega,
y por ti Venus pródiga sus manzanas me entrega
y me brinda las perlas de las mieles del higo.

En el erecto término coloco una corona
en que de rosas frescas la púrpura detona;
y en tanto canta el agua bajo el boscaje oscuro,

junto a la adolescente que en el misterio inicio
apuraré, alternando con tu dulce ejercicio,
las ánforas de oro del divino Epicuro.

2)
José Martí, de Versos libres (1878 - 1882)

LA POESÍA ES SAGRADA

La poesía es sagrada. Nadie
De otro la tome, sino en sí. Ni nadie
Como a esclava infeliz que el llanto enjuga
Para acudir a su inclemente dueña,
La llame a voluntad: que vendrá entonces
Pálida y sin amor, como una esclava.
Con desmayadas manos el cabello
Peinará a su Señora: en alta torre,
Como pieza de gran respostería,
Le apretará las trenzas; o con viles
Rizados cubrirá la noble frente
Por donde el alma su honradez enseña;
O lo atará mejor, mostrando el cuello,
Sin otro adorno, en un discreto nudo.
¡Mas mientras la infeliz peina a la dama,
Su triste corazón, cual ave roja
De alas heridas, estará temblando
Lejos ¡ay! en el pecho de su amante,
Como en invierno un pájaro en su nido.
¡Maldiga Dios a dueños y tiranos
Que hacen andar los cuerpos sin ventura
Por do no pueden ir los corazones!-


3) 
José Asunción Silva - Abril 24 de 1883

MELANCOLÍA

De todo lo velado,
Tenue, lejana y misteriosa surge
Vaga melancolía
Que del ideal al cielo nos conduce.
He mirado reflejos de ese cielo
En la brillante lumbre
Con que ahuyenta las sombras, la mirada
De sus ojos azules.
Leve cadena de oro
Que un alma a otra alma con sus hilos une
Oculta simpatía,
Que en lo profundo de lo ignoto bulle,
Y que en las realidades de la vida
Se pierde y se consume
Cual se pierde una gota de rocío
Sobre las yerbas que el sepulcro cubren.

  
Recuerden llevar sus avances de los proyectos para la presentar en la expo. 
¡Nos vemos!


miércoles, 3 de julio de 2013

Parcial escrito

Clase 11
Presentación parcial escrito domiciliario
Lectura grupal y comentarios sobre los textos fuente que utilizaremos para realizar el parcial escrito

A continuación encontrarán los materiales y las consignas para hacer el trabajo parcial domiciliario escrito e INDIVIDUAL, que deberán entregar el día 14 de agosto, sin excepción. No hay pautas para la extensión, pero si para la presentación: Letra Times New Roman 12, interlineado 1,5, hoja tamaño A4. Deberán poner los siguientes datos en la carátula: IESERH, Taller de apreciación literaria, año 2013, profesora Ayelén Carbó y su nombre completo. En la última página deben incluir las fuentes utilizadas. Por favor, si incluyen citas, deberán hacerlo según las normas APA vigentes, que pueden encontrar aquí.

Textos base

1) En la sangre / 1887  Eugenio Cambaceres (1843-1888) Fuente: Primera edición, Buenos Aires Imprenta Sud América, 1887. 
Capítulo II
Así nació, llamáronle Genaro y, haraposo y raquítico, con la marca de la anemia en el semblante, con esa palidez amarillenta de las criaturas mal comidas, creció hasta cumplir cinco años. 
De par en par abrióle el padre las puertas un buen día. Había llegado el momento de serle cobrada con réditos su crianza, el pecho escrofuloso de su madre, su ración en el bodrio cotidiano. 
Y empezó entonces para Genaro la vida andariega del pilluelo, la existencia errante, sin freno ni control, del muchacho callejero, avezado, hecho desde chico a toda la perversión baja y brutal del medio en que se educa. 
Eran, al amanecer, las idas a los mercados, las largas estadías en las esquinas, las changas, la canasta llevada a domicilio, la estrecha intimidad con los puesteros, el peso de fruta o de fatura ganado en el encierro de la trastienda. 
El zaguán, más tarde, los patios de las imprentas, el vicio fomentado, prohijado por el ocio, el cigarro, el hoyo, la rayuela y los montones de cobre, el naipe roñoso, el truco en los rincones. 
Era, en las afueras de los teatros, de noche, el comercio de contra-señas y de puchos. Toda una cuadrilla organizada, disciplinada, estacionaba a las puertas de Colón, con sus leyes, sus reglas, su jefe: un mulatillo de trece años, reflexivo y maduro como un hombre, cínico y depravado como un viejo. 
Bravo y leal, por otra parte, dispuesto siempre a ser el primero en afrontar el peligro, a dar la cara por uno de los suyos, a no cejar ni aun ante el machete del agente policial, el pardo Andinas ejercía sobre los otros toda la omnipotente influencia de un caudillo, todo el dominio absoluto y ciego de un amo. 
Tarde en las noches de función, llegado el último entreacto, a una palabra de orden del jefe, dispersábase la banda, abandonaba el vestíbulo desierto del teatro, por grupos replegada a sus guaridas: las toscas del bajo, los bancos del "Paseo de Julio", las paredes solitarias de algún edificio en construcción, donde celebraba sus juntas misteriosas. 
Bajo el tutelaje patriarcal de Andinas, allí, en ronda todos, cruzados de piernas, operábase el reparto de las ganancias, la distribución del lucro diario: su cuota, su porción a cada cual según su edad y su importancia, el valor de los servicios prestados a la pandilla. 
Las "comilonas", los "convites", a la luz apagadiza de un cabo de vela de sebo venían luego, el rollo de salchichón, la libra de pasas, la de nueces, el frasco de caña, la cena pagada a escote, robada acaso, soliviada del mostrador de un almacén en horas aciagas de escasez. 
Como murciélagos que ganan el refugio de sus nichos, a dormir, a jugar, antes que acabara el sueño por rendirlos, tirábanse en fin acá y allá, por los rincones. Jugaban a los hombres y las mujeres; hacían de ellos los más grandes, de ellas los más pequeños, y, como en un manto de vergüenza, envueltos entre tinieblas, contagiados por el veneno del vicio hasta lo íntimo del alma, de a dos por el suelo, revolcándose se ensayaban en imitar el ejemplo de sus padres, parodiaban las escenas de los cuartos redondos de conventillo con todos los secretos refinamientos de una precoz y ya profunda corrupción. 

2) Sin rumbo (Estudio) Eugenio Cambaceres (1843-1888)Fuente: 1° edición, Buenos Aires, Félix Lajouane editor, 1885

IV 
El sol, a plomo, quemaba, blanco como una bola de vidrio en un crisol.
Los pastos marchitos habían dejado caer sus puntas, como inclinando la cabeza agobiados por el calor.
Echados entre las pajas, entre el junco, en los cardales, al reparo, ni pájaros se veían.
Sólo un hombre, envuelta la cabeza en un ancho pañuelo de seda, iba cruzando al galope.
Los chorros de sudor de su caballo cabizbajo y jadeante regaban la rastrillada. El jinete llevaba las riendas flojas. De vez en cuando lo animaba castigándolo por la paleta con el rebenque doblado.
Después de largo rato de andar, junto a la huella, halló a su paso rodeada una majada.
Las ovejas, gachas, inmóviles, apiñadas en densos pelotones, parecían haber querido meterse unas entre otras buscando sombra.
A corta distancia estaba el puesto: dos piezas blanqueadas, de pared de barro y techo de paja.
A la izquierda, en ángulo recto, una ramada servía de cocina.
A la derecha, un cuadro cercado de cañas: el jardín.
En frente, entre altos de viznaga, un pozo con brocal de adobe y tres palos de acacio, en horca sujetando la roldana y la huasca del balde.
Más lejos, protegido por la sombra de dos sauces, el palenque.
Bajo el alero del rancho, colgando de la última lata del techo, unas bolas de potro se veían.
Tiradas por el suelo acá y allá, contra la pared, prendas viejas: un freno con cabezada, una bajera, una cincha zurcida arrastrando su correa:
-¡Ave María purísima! -gritó el que acababa de llegar, sin bajarse de su caballo.
Un perro bayo, grande, pronto como vólido de perdiz, se fue sobre él:
-¡Ave María purísima! -repitió dominando la voz furiosa del animal que, con los pelos parados, le estaba ladrando al estribo:
-¡Sin pecado concebida! -contestaron entonces desde adentro-. ¡Fuera, Gaucho... fuera... fuera!...
Y hablando al recién venido:
-Apéese, patrón, y pase adelante -exclamó por la puerta entreabierta una mujer, mientras asomando con esquivez la cara, una mano en la hoja de la puerta, se alzaba con la otra el ruedo de la enagua para taparse los senos.
-Tome asiento don Andrés y dispense, ya voy -prosiguió desde la pieza contigua así que Andrés hubo entrado.
Seis sillas negras de asiento de madera, una mesa y un estante de pino queriendo imitar caoba, eran los muebles.
A lo largo de la pared, clavadas con tachuelas, se veía una serie de caricaturas del Mosquito , regalo del mayoral de la galera: el General Sarmiento vestido de mariscal, el Doctor Avellaneda, enano sobre tacos de gigante, el Brigadier D. Bartolo Mitre, en la azotea de su casa, el doctor Tejedor, de mula, rompiendo a coces los platos de un almacén de loza, la sombra de Adolfo Alsina ¡llorando las miserias de la patria!.
-¿Qué estaba haciendo, Donata?
-Sesteando, don Andrés.
-¿Solita?
-Sí, sola. Tata se fue al pueblito esta mañana de madrugada.
Al oírla, un gesto de satisfacción asomó al rostro de Andrés.
Luego, apagando el ruido de sus pasos, caminó hasta la abertura de comunicación entre ambas habitaciones, mal cerrada con ayuda de una jergapampa, y allí, por una hendija, echó los ojos.
Dos cujas altas y viejas, separadas una de otra por un cortinado de zaraza, varias sillas de palo y paja torcida, una caja grande para ropa, una mesa con floreros, una imagen sagrada en la pared y en un rincón, un lavatorio de fierro con espejo, completaban el ajuar del dormitorio común.
Donata, atareada, iba y venía por el cuarto, se vestía.
Acababa de trenzarse el pelo largo y grueso, con reflejos azules como el pecho de los renegridos.
El óvalo de almendra de sus ojos negros y calientes, de esos ojos que brillan siendo un misterio la fuente de su luz, las líneas de su nariz ñata y graciosa, el dibujo tosco, pero provocante y lascivo de su boca mordiendo nerviosa el labio inferior y mostrando una doble fila de dientes blancos como granos de mazamorra, las facciones todas de su rostro parecían adquirir mayor prestigio en el tono de su tez de china, lisa, lustrosa y suave como un bronce de Barbedienne.
Andrés, inmóvil, sin respirar siquiera, la miraba. Sentía una extraña agitación en sus adentros, como la sorda crepitación de un fuego interno, como si repentinamente, a la vista de aquella mujer medio desnuda, le hubiesen derramado en las venas todo el extinguido torrente de sangre de sus veinte años.
Ella, sin sospechar que dos ojos hambrientos la devoraban, proseguía descuidada su tarea, mientras, deseosa de evitar a Andrés el fastidio de la espera, de cuando en cuando le hablaba:
-¿Y usted, patrón, con tanto sol, qué milagro?
Se había sentado; iba a ponerse las medias.
Al cruzar una sobre otra las piernas, alzándose la pollera, mostró el pie, un pie corto, alto de empeine, lleno de carne, el delicado dibujo del tobillo, la pantorrilla alta y gruesa, el rasgo amplio de los muslos y, al inclinarse, por entre los pliegues sueltos de su camisa sin corsé, las puntas duras de sus pechos ricos y redondos.
Descorriendo la cortina, Andrés entró de golpe:
-¡Sólo por verte a ti, mi hijita, he venido!
Y en la actitud avarienta del que teme que se le escape la presa, arqueado el cuerpo, baja la cabeza, las manos crispadas, un instante se detuvo a contemplarla.
Después, fuera de sí, sin poder dominarse ya, en el brutal arrebato de la bestia que está en todo hombre, corrió y se arrojó sobre Donata.
-¡Don Andrés, qué hace por Dios! -dijo ésta asustada, fula, pudiendo apenas pararse.
A brazo partido la había agarrado de la cintura. Luego, alzándola en peso como quien alza una paja, largo a largo la dejó caer sobre la cama.
La tocaba, la apretaba, la estrujaba, la deshacía a caricias, le cubría de besos locos la boca, el seno, las piernas.
Ella, pasmada, absorta, sin atinar siquiera a defenderse, acaso obedeciendo a la voz misteriosa del instinto, subyugada a pesar suyo por el ciego ascendiente de la carne, en el contacto de ese otro cuerpo de hombre, como una masa inerte se entregaba.
De pronto, dio un agudo grito de dolor y soltó el llanto.
Breves instantes después, con el gesto de glacial indiferencia del hombre que no quiere, Andrés tranquilamente se bajaba de la cama, daba unos pasos por el cuarto y volvía a apoyarse sobre el borde del colchón.
-¡Pero, qué tienes, qué te pasa, por qué estás ahí llorando, zonza!... -dijo a Donata inclinado, moviéndola con suavidad del brazo-. ¿Qué te sucede, dí, ni tampoco un poquito me quieres, que tanto te cuesta ser mía?
Y como ella, abismada toda entera en su dolor y en su vergüenza, vuelta de espaldas, encogida, la cara oculta entre las manos, continuara derramando copiosas lágrimas:
-Vaya, mi alma, no sea mala, deme un besito y no llore.
-¡Don Andrés, por vida suya, déjeme!
Hubo un largo momento de silencio; se oía sólo el zurrido de las moscas pululando en las rendijas por donde entraba el sol.
-Bueno, ingrata -exclamó por fin Andrés deseoso de acabar cuanto antes, violento de encontrarse allí, con ganas de irse-. ¡Ya que tan mal me tratas, me retiraré, qué más!
Y despacio, mientras se dirigía hacia la puerta:
-Después, cuando se te haya pasado el enojo, volveré -agregó levantando con toda calma la cortina de jerga y saliendo a montar a caballo, entre risueño y arrepentido de lo que había hecho, como harto ya. 
  

  
3) Entre-nos / 1889 Causeries del jueves / Libro III   Lucio V. Mansilla (1831-1913)Fuente: Primera edición, Buenos Aires, Casa Editora de Juan A. Alsina, 1889. 

¡Córdoba se va!
Al Exmo señor doctor don Miguel Juárez Celman

Agrandar las verdades no es mentir [15] .

Pues si Córdoba se va será cosa de ir por allá, antes que se vaya del todo, ¿no es así? 
Precisamente. 
Si os demoráis, llegaréis tarde. No hallaréis lo que vayáis buscando, lo viejo; hallaréis lo nuevo, lo que aquí en Buenos Aires podéis ver todos los días. 
La Córdoba levítica, la Córdoba del infolio y del inquarto , se va en efecto; apenas van quedando los cordobeses, trasformados, eso sí - à la dernière -, excepto en el espíritu hospitalario, patriarcal, cuando se trata de recibir a un amigo, qué digo, a un pasajero conocido, que no halla dónde hospedarse. 
La credulidad está en razón directa del número, siempre que se habla de lo maravilloso, y el encanto es tanto mayor cuanto más inverosímil la cosa parece. 
Aquesta vez, sin embargo, es poca mi esperanza de convencer al medio millón de habitantes de la Metrópoli, cuando les digo que los que quieran comer capias [16] , legítimas, deben apresurarse. 
No ha de sustraerse Córdoba a la ley común y, días más, días menos, ya empezará también a falsificar sus producciones, confeccionando tanto para los de casa como pour l'exportation lo bueno que tiene. De modo que el que tarde, tendrá que comer gato por liebre. 
¡A Córdoba, pues! 
No me digáis, escépticos del progreso ajeno, como Voltaire al Párroco de San Sulpicio: "déjanos morir en paz". ¿Os ofrezco acaso el perdón de los pecados? No, sencillamente os invito, os estimulo, casi os aguijoneo, a que visitéis los restos de una ciudad histórica, que está en vuestro propio suelo, que os pertenece, que es argentina, y que desaparece bajo sus propios escombros, renaciendo como el fénix de sus cenizas, ni más ni menos que si Pompeya, en vez de ser excavada y restaurada con sus caracteres típicos, fuera reconstruida a la moderna. 
¡A Córdoba, sí! 
Ya veréis cómo, después de una rápida excursión, pedestres infatigables de la calle Florida, dejo el pietones para la jerga comunal, ya veréis, repito, cómo después de un viaje por allá, os curáis de incredulidad y vuestra medio confianza en los destinos de la Patria se convierte en una esperanza infinita. 
Conoced vuestro país, así calcularéis mejor y acertaréis; no olvidéis que la ignorancia es un rocín que hace tropezar a cada paso a quien lo monta, y pone en ridículo a quien lo conduce, y que no soy yo, sino otro, más sabio que yo, quien lo ha dicho. 
Sí, conoced vuestro país; y así veréis que hay mucho que hacer con provecho mutuo en beneficio de nuestros paisanos del Interior.
Hace nueve años que no andaba por aquellos mundos. Vuelvo de Córdoba, y estoy atónito todavía de lo que he presenciado, y cada vez me afirmo y me confirmo en lo que alguna vez he dicho en otra parte: que el que haga cálculos aritméticos y geométricos se ha de equivocar, que es menester hacerlos caprichosos y fantásticos, agregando, que sólo son malos los ferrocarriles que no se hagan. 
Ya veréis el día que se pueda ir a la Sierra de Córdoba arrastrado así, y aunque sea con garantía pagada a los insaciables ingleses, que no se cansan de tratarnos como a perros, en lo que se convierte aquella Escocia argentina, con sus montañas, cubiertas de vegetación, con sus aguas cristalinas y termales, con sus cascadas y sus cambiantes de luz ideales, con sus auras purísimas, capaces de resucitar a un muerto. 
No habrá potentado del litoral que no quiera tener allí su mansión señorial, sin calor en verano o sin frío en invierno, como que no será sino cuestión de altura o de elegir bien el valle. 
¡Pronto!, cuanto antes a Córdoba, si queréis ver el espectáculo de una transformación que todavía marca el punto de intersección entre ayer y hoy. Mañana será tarde. 
Aquello, por más que os parezca ponderativo, marcha a pasos agigantados. 
No quiero detenerme a averiguar las causas que han producido estos efectos, cuáles han sido los factores principales de este progreso vertiginoso, en la evolución sociológica de nuestra civilización coterránea . 
¿Para qué? 
Yo hablo sólo para el público del momento. 
Ese público más lejano, que se llama la posteridad, poco me preocupa. 
Que otros se encarguen, entonces, de investigar el porqué y el cómo . 
Yo me limito, estando de vuelta, sorprendido, a apuntar un fenómeno que consiste en una revolución física y moral, operada en mucho menos de lo que se necesita para que se forme una generación. 
Esto es lo extraordinario, el hecho inaudito. 
¡Cuán poderosos no habrán sido los medios visibles y latentes empleados para producir tamaño cataclismo ! 
Porque si algo había persistente y resistente a toda reforma que llevara el sello de la moderna edad, era aquella organización colonial, tan sudamericana, bajo su doble aspecto material y espiritual. 
La conmoción ha sido tan grande, que así como han cambiado las casas, los barrios y los alrededores de aspecto, así también han cambiado de fisonomía los habitantes. Y no sólo ha sido grande, sino rápida. Algo como un estallido. Seis años apenas. 
Al norte y al sur, al naciente y al poniente, no hay nada de lo de antes; no sólo han desaparecido las construcciones añejas, sino hasta las montañas. Todo ha sido demolido y sigue siéndolo, y antes de poco el erial estará convertido en vergel. 
No habrá más que levantar un poco la compuerta del dique colosal -la obra más grande del país, desde que nos emancipamos-, para que el agua se derrame como una bendición del cielo por toda la comarca circunvecina. 
No hace mucho que el viajero que llegaba a Córdoba sólo veía en lontananza las torres de sus templos seculares, que parecían decirle: "silencio, no perturbéis en su recogimiento a los que rezan... ¡profano!" 
Ahora, lo que primero se destaca en el horizonte son las altas chimeneas de las usinas, que le dicen: ¡aquí se trabaja también, que es otra forma cristiana de la oración, y el incienso de las casas de Dios se confunde con el humo de la fragua del obrero, que es el hijo predilecto de Jesucristo! 
Antes, cuando el viajero pisaba la plataforma del andén de la estación, por más que pusiera el oído hacia donde el tañido de las campanas le indicaba que estaba el pueblo, no oía ningún murmullo humano inusitado. 
Córdoba, con su población estacionaria, de vida vegetativa, parecía absorta en silenciosa meditación... 
Ahora, apenas está uno ad portas ya se respira otro ambiente, un soplo de vida recorre el espacio en ondas sonoras y, junto con la campana que llama a misa, se oye el martillo del trabajador, que pega sin tregua en el yunque de la civilización, por decirlo así. 
Y Córdoba, sin dejar de serlo, se va; y Córdoba reza y trabaja; y Córdoba es una inmensa fábrica, en la que ya nadie está ocioso, de temor de quedarse petrificado en el camino del porvenir; y Córdoba, por más que ustedes no me quieran creer, habla ya la misma lengua del litoral, sin tonada , y puede darse tanto tono como nosotros los porteños. 
Porque han de saber ustedes que ya Córdoba se basta a sí misma, que tiene vida propia y que si no andamos listos en esta noble emulación de ser los primeros puede dejarnos atrás... y todavía, llevándonos una ventaja, para ciertos fines temporales, pues, como su población es más homogénea , su acción interior tiene que ser mucho más eficaz que la nuestra. 
Así es que si yo hubiera de darles a ustedes un consejo, consistiría simplemente en esto: me parece que debieran entenderse con los cordobeses, tratándose de igual a igual, que al fin y al cabo si en Córdoba dicen cabaio , con i latina, aquí decimos cabayo , con y griega. 
Hay allí pingües negocios que hacer. Buenos Aires es una ciudad comercial, y debo decirle lo que le interesa: la tierra vale poco; pero se valoriza cada día más. 
Concluyo, insistiendo en que si no quieren ustedes tener grandes desengaños deben ir pronto, prontito a Córdoba. 
Aprovechen las últimas boqueadas de Córdoba vieja: todavía hay quien tenga allí casa puesta , sin reservas de falso buen tono, a la disposición de ustedes. 
¡Es claro, Córdoba no es aún bastante rica para ser egoísta! 


4) Prometeo & Cía. / 1899   Eduardo Wilde (1844 -1913)
Fuente: Primera edición, Buenos Aires, Jacobo Peuser, 1899.

Sin rumbo
No sé cómo hacer para reconstruir un artículo que escribí hace tiempo bajo el título de esta página, hallándome en la necesidad de dar su texto a un amigo que ejerce sobre mí un imperio análogo al de Mrs. Mac Stringer, interesante personaje de una de las novelas de Dickens, sobre el capitán Cuttle.
Yo tengo una excelente memoria para aprender lo ajeno, pero lo mío se me olvida.
Eso no es raro; uno conoce muy bien la fisonomía de los otros; la propia jamás, y prueba de ello es que siempre se mira uno en el espejo, sin aprenderse nunca definitivamente.
Puede argumentarse que uno se mira por presunción: sin embargo, el argumento sería falso; ¿cómo podrían mirarse por esa causa los hombres y sobre todo las mujeres feas?
Nadie se conoce a sí propio, ha insinuado Sócrates, plagiándonos a todos nosotros, y por eso recomendó en su filosofía esta máxima: conócete a ti mismo, sin calcular la tarea que nos echaba encima.
Lo más que podemos conseguir es conocernos a medias y de frente, pero si a uno le presentan su retrato de perfil, lo mira con toda la atención con que miraría a un desconocido digno de ella.
Basta de digresiones, vamos a mi artículo.
Hace tiempo, una señorita, a quien no tengo el honor de conocer, me pidió algo para un almanaque; el pedido me pareció una galantería y accediendo a él, escribí no sé cuántas páginas.
¿Qué puse en ellas? No lo recuerdo a punto fijo, pero creo que decía poco más o menos lo siguiente: 
Caminando, caminando, me fui hasta las orillas de la ciudad, cerca de las quintas.
El sol derramaba a torrentes su luz abundante sobre las calles haciendo salidas en las veredas donde faltaban casas; la sombra semejaba una dentadura con portillos; los terrones se secaban pacíficamente aprovechando de la falta de empedrado.
Había esa soledad perezosa que convida a meditar.
Una que otra persona parada en la puerta de su casa; un almacén de trecho en trecho ostentando a su almacenero gordo y ambicioso, en mangas de camisa, que salía en descubierta a ver si divisaba a algún comprador inopinado, fuera de los empecinados del barrio que se arruinaban en libretas o contraían deudas verbales e insolventes.
¡Con qué atención miraba las figuras de hombres, de mujeres o de neutros que caminaban oscilando a lo lejos¡ ¡Cada sombra era un proyecto de transacción mercantil, cada perro el anuncio de un dueño fantástico, comprador clandestino de algún comestible averiado!
Ahí estaba el almacén para servir al público y el almacenero para idénticos fines.
El arroz, los garbanzos, los fideos se apiñaban en bolsas o barricas aburridas de su quietud. Las cajas de sardinas, condecoradas con las imágenes de medallas de cualquier exposición, proclamaban mintiendo la falta de espinas de los cadáveres marítimos que contenían y miraban hacia el mostrador con sus rótulos de metal amarillo. El queso de Gruyere fósil, con sus ojos vacíos, parecía quejarse de la ausencia de consumidores; la yerba mate se ofrecía verdosa e inútilmente y el azúcar amarilla perdía su gusto a fuerza de esperar. Las masitas y los cigarrillos encerrados en vidrieras acostadas, se dejaban pasear por las moscas furtivas que habían escapado a un plumero calvo, sirviente antiguo de la casa, que en manos del dueño parecía una disciplina destinada a chicotear los objetos más que a privarlos del polvo y por fin, sobresaliendo entre damajuanas, los barriles, las espuelas, los espejos abollados, el pan, las tazas, las bombillas de lata, los confites matizados y eternos, el papel de estraza, las canastas, el hilo emigrado de alguna mercería, los racimos de velas de baño, se mostraba un cajón de bacalao abierto con sus manjares de cuaresma crucificados, implorando la piedad pública. 
Los perros flacos trotaban apurados, ladeándose contra las paredes y se paraban de tiempo en tiempo a oler el horizonte o mirar con curiosidad a los paseantes.
A la hora de la tarde, a la caída del sol, las mujeres dejando su labor, se asomaban a la puerta, después de haber hecho en todo el día cinco pesos de costura en pantalones rústicos o en camisas de lienzo y podían presentar como prueba de su lucha por la vida, los puntos negros dejados por la aguja en el dedo índice de la mano izquierda.
¡Cuántas caras feas y demacradas se podía ver entonces y cuántas también llenas de vida, esperando amores con un corazón caliente y chispeando deleites desconocidos en sus ojos de veinte años!
Más allá se diseminan las casas pequeñas y los pequeños ranchos, con sus ventanas microscópicas y dislocadas, por las cuales se ve un interior vacío y desposeído, donde una familia sin genealogía, gestiona el expediente de su vida hambrienta, sin esperanza y sin sosiego.
Delante de las piezas suele hallarse un rudimento de jardín, con plantas de flores plebeyas en el suelo o con alguna mata predilecta en un tarro de lata oxidado ex-continente de tabaco negro.
Los arbustos despeinados, las rosas de todo el año que tienen la propiedad de no brotar en ninguna estación, razón por la cual llevan ese nombre y las amapolas, el resedá y el cedrón, soportan con paciencia el descuido de sus pretendidos cultivadores, en tanto que un clavel desparpajado abandona su maceta para colocarse en el pelo de la muchacha de la casa, adornando su cara redonda y llamando la atención sobre la frescura de la moza, cuyos brazos duros y torneados son grandes lavadores de ropa y cuyo cuerpo esbelto y convidador se marchita en el trabajo diario, hasta que una fecundación inesperada viene a deformarlo, aumentando con un producto anónimo el número de la familia. 
Por los alrededores se ve hombres y mujeres que habitaron antes el centro y que la ciudad en su eterno flujo y reflujo, ha arrojado a las orillas, como hace el mar con los restos de los buques.
Allí las mujeres andan con ropas inconclusas o demasiado concluidas, y los hombres con sombreros, levitas y pantalones, fuera de moda, grasientos.
Unos llevan pantalón corto y comido en los talones, chaleco de criatura, sombrero alto y sotana de eclesiástico; otros capa, bastón y sombrero de paja; todos tienen la marca de la miseria y del vicio en la cara y ese modo de mirar limosnero que choca y que entristece.
Generalmente un perro sigue por costumbre a su amo y sin contar con él para nada, mostrando una afección que hace de cada uno de estos seres, de los perros, ¡el modelo de la fidelidad y de la abnegación!
Lástima grande es que los hombres busquen sus amigos sólo cuando la adversidad los arroja a la playa, entre estos dignos cuadrúpedos y no lo hagan mientras se hallan en la opulencia, oyendo los halagos de la jauría humana disfrazada de leal y consecuente.
En mi paseo encontré a un ex-comerciante que todos conocen y que distribuye sus ocios en excursiones entre las calles centrales y las despobladas de las orillas. Iba como siempre seguido de sus compañeros, canes desiguales en catadura, pelaje y alcurnia y sólo parecidos en flacura, resignación, mansedumbre y sobriedad.
El hombre de los perros miraba con ojos de cocinero unas gallinas que buscaban asiduamente tras de un cerco, cualquier objeto parecido a grano con que engañar su estómago, mientras el viento tomándolas de flanco les levantaba las plumas dejando ver una carne blanca, apetitosa.
Seguramente el vagabundo pensaba en algún guiso con arroz o en otro poema homérico por el estilo, pues dándose vuelta a insinuación de su mastín más feo, me abordó pidiéndome algunos céntimos para completar, con tres que decía tener, un capital destinado al sustento de ese día.
Yo había salido a ver la naturaleza siempre bella y a revolver ideas en mi cabeza, mientras recogía con mis sentidos los variados aspectos. El hombre de los perros me lo descompuso todo, cambiando el curso de mis pensamientos.
Ya no hubo sol espléndido, plantas, flores ni cielo azul; el personaje hacía disonancia con el cuadro y proyectaba sobre él su sombra fatídica.
Pensé en el hospital, en la política, en los conflictos sociales, tanto más desesperantes cuanto más íntimos, y con el corazón apretado, volví a marearme en la ciudad, como quien vuelve a bordo de un buque combatido por las olas y en el cual todo cruje, desde las maderas del casco hasta el alma de los tripulantes.

1882.



5) La Bolsa (Estudio social) / 1891   Julián Martel [seud. de José María Miró] (1867-1896) 
Fuente: Segunda edición, Imprenta artística "Buenos Aires", Venezuela 511, Buenos Aires, 1898. 

III. En busca de dinero
Sentado detrás de una mesa, en el rincón más obscuro del café subterráneo de la Bolsa, con una copa de vino por delante, copa que no ha tocado ni parece dispuesto a tocar; dirigiendo a cada instante miradas inquietas hacia la boca luminosa de aquel antro frecuentado por los jugadores de dominó; pálido, ojeroso, conservando aún las huellas del insomnio atormentador; empeñado en leer un diario que toma y deja convencido de que serán inútiles cuantos esfuerzos haga por concentrar su atención, Ernesto Lillo, el corredor de Glow, espera indudablemente a alguien. En el fondo del café, un hombre rubio, de anchos hombros, con la servilleta prendida en el primer ojal, almuerza precipitadamente, y en una mesa más próxima, dos jóvenes muy bien puestos juegan en silencio al dominó, oyéndose a intervalos el estridente ruido de las fichas al ser revueltas sobre la superficie de mármol. Un mozo, de saco de lustrina y delantal blanco, corta, con una larga cuchilla rebanadas de pan en el mostrador, y poniéndolas en fila junto a una fuente en que reposa la cabeza de un lechón, coronada de laureles, como Heine pinta a sus compatriotas ilustres.
-Doctor...
-¿Me he tardado mucho?
-No. ¿Trae aquello?
-Aquí está.
Glow que acaba de aparecer en la boca luminosa, muestra un abultado paquete que sostiene bajo el brazo.
-¿Vamos?
-Vamos.
Ernesto paga su copa intacta y sube a saltos a reunirse con el doctor. Juntos cruzan la confitería, cuyas numerosas mesas están llenas de bebedores, y desembocan en la galería, encaminándose hacia el interior de la Bolsa. A cada paso tropiezan con hombres agitados, febriles, de caras patibularias, con el pánico impreso en sus rostros atónitos. Llegan al salón central y lo atraviesan con mucho trabajo, porque la aglomeración de gente es tan grande que apenas les permite dar un paso. ¡Qué aspecto el de aquel salón! En los corrillos reina una animación desusada. Se oyen salir gritos de protesta, lamentaciones rabiosas, exclamaciones de furor impotente. La atmósfera está impregnada de un inmenso pánico ruidoso. Glow y el corredor salen por la puerta de la calle de La Piedad y echan a andar en dirección a Florida. Su conversación es muy animada.
-¿Pero qué me dice usted de la desaparición de Granulillo? -pregunta Glow, dando paso a una señora.
El corredor, agitadísimo, contesta:
-Después fíese usted de los personajes. Mire ¡qué bonito!, un director de Banco venir a clavar así a un pobre muchacho como yo... Me parece que no me va a quedar otro remedio que pegarme un tiro... ¿De dónde voy a sacar los dos millones que debe Granulillo y de los que soy responsable? ¡Y si fuera eso sólo! ¿No sabe de quién sospecho que también me clave?
-¿De quién?
-De Fouchez.
-¡Imposible!
-Lo mismo me dijo usted de Granulillo, ya ve si yo tenía razón.
-¡Quién sabe si aparece todavía! -dice Glow haciéndose a un lado para evitar que lo atropelle un gigante de pelo rojo, tipo inglés, que pasa corriendo por la vereda con el sombrero en la mano-. Aún no ha llegado el día de liquidación... Quizás aparezca en el último momento.
-¿Y por qué ocultarse ahora?
-Porque no sería extraño que anduviese buscando recursos para pagar...
-¡Si tiene, si yo sé que tiene! -exclama indignado Ernesto.
Glow dice:
-Además, están en su poder unos títulos míos, aquellos de la Territorial que usted compró para mí al contado. Pues sobre ellos Granulillo me prestó cien mil pesos, prometiéndome bajo palabra que siempre estarían a mi disposición para cuando quisiera venderlos, porque valen lo menos trescientos mil, a pesar de la baja. No creo que siendo amigo mío me estafe en las circunstancias en que sabe que me encuentro.
El tráfico de vehículos -aquel tráfico que llenaba de animación y movimiento las calles centrales en la época que venimos historiando y daba tan alta idea de nuestra importancia comercial- ha obligado a los dos amigos a detenerse en la esquina de Reconquista, esperando el momento oportuno de cruzar a la otra acera sin correr el peligro de ser aplastados. Sus voces se pierden ahogadas por los mil ruidos de la calle, cuya combinación forma una algarabía ensordecedora. Glow y Ernesto siguen hablando a gritos y accionando con una vehemencia que llama la atención de los transeúntes, de tal modo que a no haber seguido pronto su camino, se hubiera formado un corrillo a su alrededor.
-Usted, doctor, creo que hace cuanto puede por pagar. Si no le alcanza será porque las diferencias son tan enormes que nadie ha podido prever este desastre, y una bancarrota así es disculpable. Yo sé que usted es capaz de quedarse en la calle antes de hundirme a mí en su caída, y se lo agradezco en lo más íntimo. Pero los otros comitentes... Fouchez, Granulillo... ¡Quién había de decir!
-¿Y Juan Gray?
-Ha tenido que vender las cosas de la madre y del hermano, a quienes ha dejado en la calle...
-¡Y ellos paseando por Europa, sin saber nada! ¡En que situación se van a ver!
-En fin, todavía le quedan a Gray sus parejeros, y me ha dicho confidencialmente que piensa hacer con ellos una tentativa.
Hablando, hablando, llegan a la puerta de una casa en cuyo frontispicio hay un gran tablero sobre cuyo fondo negro resalía este letrero en caracteres dorados:
BANCO DE CAUCIONES -Aquí es.
Se meten por un largo y obscuro zaguán y llegan a una puerta en que está parado un hombre calvo, de aspecto agradable, que los invita a entrar, haciéndoles grandes cortesías.
-¿En qué podría servirlos, señores?
-Veníamos a caucionar unos títulos de propiedad- dice Glow, sentándose en un mal sillón de paja y desenvolviendo el paquete que lleva bajo el brazo.
-El hombre calvo ajusta en su nariz unos lentes montados en oro, y tomando los títulos que el doctor le alarga, los examina escrupulosamente, mientras Glow le va dando informes sobre cada cosa.
-¿Son ocho?
-Sí, ocho. Esta de la calle Alvear vale mucho. Yo mismo la hice construir y me costó un millón y medio de pesos; es un palacio en toda la extensión de la palabra. Como usted ve, el terreno nomás vale un millón. Sesenta varas por noventa... ¡Y si viera el edificio!
-¿Y éstas?
-Estas pertenecen a mi mujer. Usted debe de conocerlas. Son dos casas, alta y baja, en una sola propiedad. Están situadas en la misma esquina de Florida y T... Son flamantes...
Después de pasar revista a los demás títulos, el hombre calvo dice que las cosas valen mucho, pero que el dinero escasea y que el valor de la tierra ha descendido un poco. Acaba por preguntar a Glow qué cantidad de dinero necesita.
-Me parece que tres millones...
El de los lentes, fríamente estira al doctor los títulos.
-No tenemos esa cantidad en casa. También a nosotros nos ha alcanzado el krack de este fin de mes.
Glow dice:
-¿Y cuánto podría darme?
El otro vuelve a coger los títulos, los hojea distraídamente, y luego, con aire indeciso, titubeando:
-Yo creo que... pero tendría que consultarlo con mi socio... la cantidad es fuerte... ¿Podría usted esperar hasta mañana?
-Es que la cosa urge -exclama Glow, sin advertir las señas que Ernesto le hace.
El hombre calvo se pasa la mano por la cara, con el propósito de disimular una sonrisa de satisfacción. ¡Un apurado!
-¿Y usted desearía hoy mismo el dinero?
-No -dice Ernesto, creyendo necesaria su intervención-. Mañana a primera hora, es lo mismo.
-Entonces le daré un recibito , porque no estaría demás que me dejaran los títulos para que mi socio los revisase.
-Perfectamente -dice Glow.
El hombre de los lentes escribe el recibo sobre un mostrador que divide en dos la pieza, y lo entrega a Glow, después de guardar los títulos en una caja de hierro.
-¿Y no sabría decirme usted poco más o menos, cuánto me podrá dar?
El banquero reflexiona un momento.
-De millón y medio a dos millones, y eso por excepción.
Y acompaña hasta la puerta a los dos caballeros, haciéndoles unos saludos dignos del más flexible cortesano chino.
A la mitad del zaguán, Glow y Ernesto se detienen.
-De manera que, contando con los dos millones que nos darán en caución, ¿ya tenemos reunidos tres millones y medio de pesos? ¿Cuánto falta todavía para completar la deuda?
-Un millón y medio, doctor.
Hubo una pausa solemne.
-Voy a hacer diligencias para conseguirlos. Aunque ya no queda nada para vender ni caucionar, pienso que me descontarán alguna letra, pues mi firma es acreditada. Si no, paciencia... De algún modo saldremos del paso.
-Así, pues, ¿cuándo nos volveremos a ver?
-Mañana en el estudio.
-Hasta mañana.
Ernesto va a alejarse, cuando de repente se vuelve.
-¡Doctor!
Y con los ojos llenos de lágrimas:
-Haga cuanto le sea posible por salvarme. ¡Se lo pido por su madre!
-Por ella le juro que si de mí depende...
Y Glow ve, desde el cordón de la vereda, alejarse a aquel excelente joven, tan celoso de su honor, que inspira una vaga sospecha de que sea capaz de llegar a cometer algún extremo lamentable.
-No, no, se salvará -dice el doctor tratando de alejar la funesta idea.
Y sube a su estudio, en el que sólo encuentra al dependientillo con cara de fantoche.
-¿Ha venido alguien a buscarme?
-Estuvo el señor Zolé. Dijo que volvería antes de una hora.
Glow cuelga el sombrero en la percha y pasa a la otra pieza. ¡Qué sola le parece! ¡Qué sola y qué triste! ¿Adónde están aquellas animadas reuniones de otros tiempos, cuando no se hablaba sino de ganancias inmensas y de vastos proyectos halagadores? ¿Adónde está Granulillo, con sus ingeniosas argumentaciones y sus finas ocurrencias? ¿Adónde el francés emprendedor, el simpático Fouchez, cuya inventiva prodigiosa hacía la admiración del pequeño círculo? ¿Qué se han hecho Juan Gray y León Riffi, aquellos dos inseparables que amenizaban las reuniones con los relatos de sus calaveradas peligrosas y de sus amores ligeros? ¿Y Zolé, el bueno de Zolé, con su cabeza matemática y su sistema de eliminación? ¡Ah!, un mismo soplo los ha dispersado a todos como el polvo! ¡Pero de cuán diversa manera! Glow, con la frente sudorosa y desabotonada la levita, porque el calor es sofocante, piensa con amargura infinita en la traición de su amigo, de su camarada Granulillo, que ha huido robándole un documento que representa una suma considerable. Y atando cabos, pero tarde ya, como sucede siempre, recuerda el misterio que rodeaba la vida íntima del elegante director. Y profundizando más en sus reflexiones, piensa, sin saber por qué, en la estafa de cien mil pesos que le hizo el fabricante de Chartreuse ... A este punto llega Glow de sus reflexiones, cuando siente pasos en la pieza vecina. Alguien ha entrado. Es Zolé.
Corre hacia Glow con la cara descompuesta y perdida la regularidad de movimientos que ha sido siempre una de las manifestaciones de su temperamento linfático. La cuadratura de su cabeza ha desaparecido, porque los ángulos se borran bajo la maraña del pelo desordenado.
-¡Qué me dices de este fracaso! ¡y yo que creía haber descubierto el modo de no perder en el juego de Bolsa!
-En la Bolsa no hay otra seguridad que la de fundirse tarde o temprano, cuando se es hombre de honor.
-Ya lo veo.
-¿Has podido pagar todo?
-Falta un pico pequeño... No sé de dónde lo voy a sacar, porque mis recursos están agotados y no encuentro quién me facilite dinero.
-Yo estoy lo mismo que tú. No puedo ayudarte...
Se miraron con tristeza.
-¿Qué hay de nuevo sobre la desaparición de Granulillo? -preguntó Glow tomando una tarjeta de sobre el escritorio y partiéndola en dos por el medio.
-En la Bolsa no se habla de otra cosa. Dicen que anteanoche se le vio jugando al baccarat en el club del Prisma. Después, sus huellas se pierden. Infinidad de acreedores, entre los cuales figura Ernesto Lillo en primera línea, lo buscan afanosamente por todas partes. Hasta el ministro Armel ha tomado cartas en el asunto. Un empleado de la policía secreta me ha contado reservadamente cierta historia curiosa, novelesca. Parece que el ministro tenía algunos negocios con un tal Peñas que ha huido robándole una suma considerable. Se dice que este Peñas, resulta ahora ser individuo de horrorosos antecedentes. También ha desaparecido una mujer de gran belleza, aquella Norma de la cual nos hablaron en cierta ocasión de un modo desfavorable para Granulillo, y que era últimamente la querida oficial del ministro Armel. Lo extraño del caso consiste en que la desaparición de ambos coincida con la de Granulillo, y Armel asegura que los tres estaban unidos por relaciones misteriosas cuyo carácter no ha podido precisar nunca, aunque lo sospecha...
-Si han huido juntos, fácil será dar con ellos.
-No creas. Según me dijo el agente secreto, la acción de la policía empieza a ser paralizada por influencias, que dejarán sin efecto sus pesquisas...
El doctor se exaltó. ¿Era posible que todo un director de Banco, un hombre que gozaba de la consideración general, prefiriese huir como un ladrón, robando cuanto encontrase a mano, antes que salvar el decoro de su nombre y el honor de un pobre corredor, de Ernesto Lillo, cuya confianza en Granulillo no había tenido nunca limitación alguna? Aún le parecía verlo allí, delante de él, con su ramo de flores en el ojal, elegante, discreto, perfumado, con su sonrisa de hombre de mundo y su agudo ingenio que le permitía revestir con las formas de la legalidad el más ilícito negocio.
-Y de Fouchez, ¿qué se sabe?
-Idéntico misterio envuelve su desaparición. El corredor Lillo lo ha buscado hasta en el caño de la chimenea del hotel...
-¿En el caño de la chimenea? -preguntó Glow sonriendo a pesar suyo y arrojando a un canastillo de paja la tarjeta hecha pedazos.
-Como lo oyes. Ese pobre muchacho anda medio loco. Da lástima verlo. Hoy ha estado llorando en la Bolsa, delante de todo el mundo. Compadecidos de él, algunos capitalistas generosos le han ofrecido dinero para arreglar sus compromisos, pero parece que ninguna cantidad es suficiente.
-¡Pobre Lillo! Yo tengo la conciencia tranquila, porque creo haber hecho cuanto estaba de mi mano por salvarle.
-Así dice él, y a cada momento te saca de ejemplo. En fin, Dios quiera que no haga alguna barbaridad.
-¡A nosotros toca impedirlo! -Dijo Glow con vehemencia. Y como si tuviera una inspiración repentina: -"ven, sígueme." 



6) Libro extraño / 1894  Tomo I  Francisco A. Sicardi (1856-1927) Fuente: Primera edición, Buenos Aires, Imprenta Europea, 1894. 


XII. En la facultad de medicina
Examen de D. Manuel de Paloche y otras alcurnias

Fue un gran día aquel para la Facultad de Medicina. D. Manuel de Paloche y otras alcurnias cumplía cuarenta años y debía repetir su examen de anatomía. Los estudiantes preparaban la algazara formidable. Durante ese año, en que D. Manuel frecuentaba día a día la clase, habían tenido tiempo de conocer el atropellado desbarajuste de aquella inteligencia. Era la segunda vez que repetía la prueba y comentaban en anécdotas risueñas sus contestaciones disparatadas, llenas a veces de profunda intención. Sorprendía su manera sentenciosa y solemne de decir algunas cosas y revelaba en sus contestaciones cierto corte original de pensador. Sabían los estudiantes, que Paloche no había podido retener la anatomía porque había ido perdiendo la memoria, a medida que el juicio iba tomando las de Villadiego.

*** 

Toda esa endiablada trama del cuerpo humano con vislumbres de púrpura caliente, la red intrincada del sistema nervioso, arrojando filetes en todas direcciones cargados de las emanaciones vibrantes de la vida para la nutrición y el movimiento y la masa roja y resbaladiza de los músculos habían perturbado su cerebro. El esqueleto bailaba en la noche al lado de su cama la danza macabra y él buscaba sin encontrarlos muchas veces los nombres de sus caras, bordes, epífisis y apófisis y agujeros. De repente iba caminando y lo perseguía un ojo. Blanqueaba delante de su pupila con el grande óvalo y se iluminaba por dentro en el resplandor rojo de la retina. Paloche veía amenazas en aquel color escarlata y daba una tendida violenta; pero las visiones se multiplicaban y aparecían en todas partes pupilas burlonas y agachadas como en acecho. Paloche sacudía sus hombros diciendo: ya triunfaré, y seguía su camino. Tropezaba de repente en el cono rojo del corazón. Oía el tic-tac que parecía un rezongo siniestro de derrota, y veía el torbellino de la sangre, atormentado por la necesidad de arrojar la vida a la célula, surcar los canales nacarados de las arterias, cuyos nombres había olvidado. No importa, adelante; yo daré examen, pensaba y, cuando despertaba en su dormir agitado, sentía dentro del pecho el sonido rítmico y espeluznante: tic-tac-tic-tac. A veces estaba tranquilo estudiando y recibía con temblores la visita del cerebro, ese gran señor olímpico del organismo. Se detenía al lado de él con los extraños culebreos de su trama delicada, blanda y marmórea partido en dos, como si eso fuera el espíritu humano; la mitad sensatez y luz y la mitad demencia y sombras. El se hundía en sus meditaciones. Confesaba que no sabía el cerebro. Lo único que se acordaba era la situación de esa fresa roja de la glándula pineal y eso porque según el sabio aquel estaba escondida allí el alma. Gracias a la naturaleza que la metió donde no se viera. ¡Qué rasgo de genio! ¡Miren ustedes, pensaba D. Manuel, si estuviera en los ojos, como dicen muchos, aleteando en plena luz! ¡Qué espectáculos desagradables!...

*** 

Paloche era ilustrado. Había leído mucho. Se deleitaba en los grandes hechos históricos. Encontraba sublime la pasión de Jesús. Veía la gran trayectoria de la cruz a través de los siglos, pero cuando estudiaba las curaciones rápidas de esos enfermos, arrodillados a los pies del Nazareno, implorando salud, no encontraba lógico el milagro. ¿Para qué ese divino derecho? ¿No era mejor haber buscado el remedio universal en la naturaleza y haberlo trasmitido a la posteridad? ¡Si él lo encontrara! ¡Qué gloria y qué riqueza! Se hizo caminador de la campaña y volvía a su casa con grandes atados de yerbas. Compró retortas, hornos y morteros. Parecía un alquimista y pasaba a veces la noche, mirando la ebullición de sus pócimas. Creía, que en algunas de aquellas condensaciones oscuras, iba a encontrar la panacea y fue el precursor de los partidarios de la quinta esencia, y de esos tranquilos sabios de las diluciones infinitesimales. Tuvo enfermos, que tragaron aquello y sucedió lo de siempre. Unos curaban y otros morían. Ninguna de esas cosas suyas era la panacea. Era necesario buscarla en otro principio. Despertaré la vida moribunda con el movimiento, decía. Asomó el masaje, pero para eso era necesario tener un título para librarse de muchas majaderías... Ya no estaba aquel malvado Valverde para certificar las defunciones. Se matriculó en la Facultad. Al principio suscitó el asombro. Era la primera vez que había un discípulo de esa edad y los estudiantes lo miraban como a un animal curioso. D. Manuel de Paloche llegaba siempre, con su libro de anatomía debajo del brazo, y conversaba con los muchachos mucho tiempo. Estos le vieron al rato la tecla en la punta de la nariz y la hicieron sonar... Paloche se destornillaba entonces... Narraba sus curas milagrosas. Definía el masaje y lo dividía en capítulos desde el vaivén suave, con la blandura de la caricia, que cura las palpitaciones y las gastralgias, hasta el brutal apretón que despega las coyunturas crónicamente enfermas. Tomaba actitudes de exorcistas y era un elocuente narrador de su manía. Llegaba a la Facultad con su aire de buen hombre, la galera en la nuca, la nariz arremangada y corta, los ojos vivos y pequeños. Fuera de aquello era reflexivo y hasta risueño y jocoso cuando olvidaba sus desgracias. De cuando en cuando algún chispazo de filósofo...

***  […]

El doctor Polifemo tosió, señalando uno de los examinadores.

-El cerebro -dijo éste muy serio.

-Órgano del pensamiento -contestó enseguida D. Manuel-, aunque no rece la doctrina con la religión cristiana.

-No se le pregunta eso -dijo frunciendo el entrecejo el profesor...- Siga Vd... anatomía del cerebro.

-Y asiento del espíritu, que los sabios colocan...

-Vuelvo a repetirle... anatomía del cerebro.

-Eso contesto pues, señor -replicó Paloche irritado.

Se sentían risas comprimidas.

-Porque yo no soy -seguía éste-, de los que se someten a aceptar opiniones, sin discutirlas y al fin creo que deben siquiera dejarle a uno la libertad de hablar.

Las risas se acentuaron.

-Recapacite -señor Paloche-, y cíñase a la pregunta.

-Estoy ceñido, señor profesor. Pero antes de entrar al fondo del asunto, hago observar, que un órgano de tanta importancia, merece sus consideraciones psicológicas.

-No divague... al grano, al grano, señor.

-No es divagar hacer psicología -contestó recio Paloche.

-Basta -rugía Polifemo y tosió. Las risas se multiplicaron con cierta seguidilla sorda.

*** 

El doctor Polifemo indicó a otro profesor, para que examinara...

-El corazón, señor.

-En este caso, no voy a empezar con la vulgaridad de que es un músculo hueco, porque esto repugna a la altivez de mi alcurnia intelectual. Prefiero decir que es allí donde los sentimientos tienen su nido palpitante.

-Está Vd. dando examen de anatomía -dijo Polifemo.

-Pase lo de músculo hueco -contestó Paloche-, pero no puedo dejar en silencio las relaciones que tiene con el cerebro, por sus nervios, arterias y venas.

-¿Cómo se llaman? -Preguntó el profesor. En este momento se había hecho en la clase un poco de silencio.

-La aorta y las carótidas -contestó D. Manuel triunfante- y las venas... las venas... -Paloche no se acordaba y retiró su cabeza hacia atrás.

Portas: sopló un estudiante.

-Portas -replicó Paloche... Hubo como un espasmo de todos los tórax, como un salto brusco del diafragma mientras éste seguía impertérrito-: tanto señor profesor que los antiguos las llamaban: porta malorum como que los males de la humanidad nacen de los sentimientos exagerados y de la exacerbación de las pasiones...

-Basta, señor, basta. Esto es insoportable -decía el profesor, en momentos en que estalló sonora e irresistible la carcajada.

El doctor Polifemo se apretó el vientre, para no reírse y tosió con toda calma y señaló a otro de los profesores. Era necesario agotar todos los medios para que el fallo fuese justo.

Este levantó un hueso y dijo: -¿El esfenoides, señor?

-¡Ah! Sí. Hueso largo.

-¿Qué dice?

-Corto, señor profesor, base del cráneo y...

-Le pregunto -dijo el profesor, revolviéndose con rencor en el sillón-, la anatomía del hueso, sus relaciones y órganos que lo atraviesan.

-Estábamos en los preludios del pan francés. -Algún tacazo aquí y allá, ciertas cepilladas tímidas del piso y una atmósfera de inquietud y de algazara.

"Como venía diciendo -contestó Paloche-, ese hueso forma la base del cráneo, y su cara superior lleva el nombre de silla turca, con ese bárbaro exotismo y con esa nomenclatura de ultratumba, que nos ha sido regalada por los autores, porque si uno piensa con serenidad no puede menos que criticar acerbamente..."

-Basta, basta -repetía el profesor levantándose.

Polifemo tosió, agitó la campanilla con sonido estentóreo, mientras un ¡hurra!, de palmoteos, y de carcajadas y de retumbamientos del piso desordenado, saludó las últimas palabras de D. Manuel de Paloche, que movía la cabeza a un lado y otro, repitiendo: Estaba escrito. Tan luego este maldito esfenoides, que nunca me lo pude meter en la cabeza.  […]



7) La gran aldea Costumbres bonaerenses / 1884  Lucio V. López (1848-1894) 
Fuente: Segunda edición, Biblioteca de "La Nación", Buenos Aires, 1903

XIV
Seis meses después, la boda de mi tío Ramón con Blanca, era cosa arreglada. Ningún casamiento ha agitado más que aquél los círculos sociales de Buenos Aires. En el teatro, en Palermo, en los bailes, en los clubs, en la iglesia, no se hablaba de otra cosa. Mi tío había hecho demoler y reedificar gran parte de su casa de la calle Victoria. Yo había hecho la resolución de abandonarlo, de volver a vivir con don Benito, pero él no me lo había permitido; había comenzado por pedirme que no lo hiciese y concluyó por suplicármelo de tal manera, que muy a pesar mío tuve que renunciar a mis proyectos. El antiguo palacio burgués de los Berrotarán había sido completamente transformado bajo la artística dirección del señor Montifiori. Mi tío había decorado su casa con todo el confort y el aticismo modernos. Era aquel el nido más hermoso en que una mujer de mundo podía soñar; y cosa singular, hasta el novio se había rejuvenecido, y había tomado todos los contornos de un hombre de mundo.
El 20 de junio de 1883 a las nueve de la noche, una larga serie de carruajes particulares se apostaba en la parte más central de la calle San Martín y las personas que de ellos descendían, entraban por un espacioso zaguán en una casa que ocupaba un extensísimo frente. La puerta de calle, cubierta por una inmensa cortina grana, daba entrada a una amplia galería tapizada de paño rojo y profusamente alumbrada y decorada por guirnaldas y flores. Dos lacayos de librea guardaban sus puertas de cada lado de la entrada. Se sentía allí un ambiente tibio y agradable. Todo Buenos Aires aristocrático desfilaba por aquella galería: los grandes hombres de estado, el alto comercio, la banca, el ejército, la magistratura, el foro, las letras, la prensa. Las mujeres, cubiertas por pieles y felpas variadas, ganaban la escalera friolentas y apuradas, prendidas del brazo de sus acompañantes.
Aquella casa era el palacio del doctor Montifiori, donde debía tener lugar aquella noche el casamiento de mi tío Ramón con la señorita Blanca de Montifiori, hija única del famoso hombre de mundo que ya conocemos.
La casa del doctor Montifiori bien merece una página. El trópico había brindado sus más ricas y voluptuosas galas para adornar el espacioso vestíbulo cubierto de mosaicos bizantinos. Esa flora artificial de la moda que prepara cuidadosamente la tierra, y le exige los frutos raros de la fantasía de los artistas de la botánica, rivalizaba aquella noche con los ejemplares más curiosos del Jardín de Plantas. El jardín de la Tijuca había contribuido en sus más bellas muestras. Desde el vestíbulo bajo hasta el alto, incluso la gran escalera de encina tallada, las hojas perezosas caían sobre sus tallos en grandes vasos de alfarería o de madera; los helechos, la parietaria, el lotus y los nenúfares, extendían sus hojas, cautivas de la moda despótica, bajo cuyo imperio parecen sentir la nostalgia de las linfas de los arroyos en que fueron sorprendidas.
La mansión de Montifiori revelaba bien claramente que el dueño de casa rendía un culto íntimo al siglo de la tapicería y delbibelotaje , del que los hermanos Goncourt se pretenden principales representantes: todos los lujos murales del Renacimiento iluminaban las paredes del vestíbulo: estatuas de bronce y mármol en sus columnas y en sus nichos; hojas exóticas en vasos japoneses y de Saxe; enlozados pagódicos y lozas germánicas: todos los anacronismos del decorado moderno; en fin, Montifiori, bien juzgado, era un poco burgués a lo monsieur Jourdain al fin. Había progresado mucho, es cierto; sus largos viajes por Europa, su malicia y su instinto, le habían complementado sus deficiencias, y en materia de chic era as en la aristocracia bonaerense, que no es tan fina conocedora de arte, como se pretende, a pesar de su innata insuficiencia. Verdad es que el siglo tapicero necesita de dos elementos para brillar: del judío cambalachista e importador, del brocateur , como le llaman los franceses, y del burgués fatuo que compra y colecciona y que se da por fino y sagaz conocedor de lo viejo, de ese inestimable vieux , que todos se disputan, aun a riesgo de que resulte apócrifo.
Montifiori rendía su culto a lo antiguo; además del gran salón Luis XV, con sus muebles tallados y dorados, vestidos de terciopelo de Génova color oro, y en el cual dos lienzos de la pared estaban ocupados por dos tapicerías flamencas, las demás habitaciones ofrecían el desorden más artístico que es posible imaginar. En los muros, tapizados con ricos papeles imitando brocatos y cordobanes, una serie de cuadros grandes y pequeños absorbía la atención de los curiosos. Cuadros eran ésos en los que Montifiori cifraba todo su orgullo. Allí había un boceto de ninfa sobre un fondo ocre sombrío, iluminado por dos o tres pinceladas audaces que denunciaban las formas de una mujer desnuda, de carnes bermejas y senos copiosos, y que Montifiori mostraba como un Rubens en el caballete de felpa cerezo que lo exhibía; más allá cuadros firmados por Laucret, por Largillière, por Mignard, por Trinquez, por Madrazo, por Rico, por Egusquiza, por Arcos. De éstos, sólo dos de los últimos eran auténticos.
Entre las telas, algunos bajorrelieves en bronce; y sobre los muebles, piezas de todas clases, bronces antiguos y modernos; terracotas de Carpeaux, Chapu, y bustos de Cordier de Monteverde y de Dupré; un sinnúmero de reducciones de Barbedienne; vasos, ánforas y objetos menores sobre tapices orientales, entre los cuales se veían variedades de bibelots en esmalte, en Saxe, en Sèvres, en carey, en marfil viejo.
Como se ve, la casa del suegro de mi tío pagaba su tributo a la moda; un galgo aristocrático de raza, habría encontrado mucha incongruencia allí; mucho apócrifo, mucha fruslería; pero el hecho era que Montifiori también entendía de japonismo, de gobelinos, de tapicerías flamencas, de vidrios de Venecia, de lozas y bronces viejos, de lacas y de telas de Persia y Esmirna.
Allí andaban todos los siglos, todas las épocas, todas las costumbres, con un dudoso sincronismo si se quiere, pero con un brillo deslumbrador de primer efecto, ante el cual el más preparado tenía que cerrar los ojos y declararse convencido de que el doctor Montifiori era todo un hombre de mundo.
En aquel salón, único en Buenos Aires, Femanda jugaba su baccarat con don Benito y dos o tres amigos más, las noches vacantes de teatros y bailes; el señor Penseroso hacía su propaganda evangélica, y Blanca en un rincón de la sala enloquecía a mi tío, contándole la gran pasión que había sabido inspirarle entre cien hombres de mérito a quienes había desairado por él.
El casamiento de Blanca Montifiori había reunido en su casa a las mujeres más lindas del día. El reportaje ya había hecho el inventario de los regalos. ¡Qué maravillas! Una novia como Blanca, fuera de los mil ramos que son de orden, no podía recibir sino diamantes, perlas y zafiros. Su padre, hombre de grande influencia en los círculos; su novio, uno de los hombres más ricos; Fernanda, la mujer en boga; Blanca, la criatura más distinguida del salón porteño, ponían aquella noche en conflicto la bolsa de cada uno de los concurrentes.
¡Tiene tal sello inconfundible el regalo oficial en una noche de bodas!
Porque es necesario convenir; ¡qué diablo! aun cuando se trate de mi tío Ramón y de su linda novia, en que Buenos Aires regala un poco por el qué dirán, compra lo más barato que puede, pero nunca sin transar con el punto de honor, con el amor propio del que regala, porque todos quieren ser los primeros en la feria de las exhibiciones, gastando lo menos posible. Así, pues, los más ricos regalos de una boda no los hacen generalmente los más ricos capitalistas, sino los más necesitados. Aquella noche, por ejemplo, el doctor Bonifacio de las Vueltas, amigo personal del doctor Montifiori, bella fortuna, bella posición política, en situación de servir y no de ser servido, había regalado qué sé yo qué par de estatuas imposibles, imitación bronce de pacotilla, mientras que mi ex patrón, don Eleazar de la Cueva, un hombre quebrado, en una situación desesperante de fortuna, había arrojado sobre la cabeza y el cuello de la linda novia una cascada de perlas y de diamantes.
-Pero ese don Eleazar es famoso -exclamaba Montifiori, admirando los espléndidos aderezos del viejo judío...- ¡Es un artista,homme de monde ! ¡Qué diferencia de ese imposible y tacaño ministro, que manda esos mamarrachos de lata a mi hija!
La curiosidad no dejaba quietas a las mujeres aquella noche.
Ellas conocían al dedillo todos los regalos de la novia: los diamantes, las perlas, los zafiros, los rubíes, las cadenas de pulseras y anillos y la serie de diademas, de aros y flores de piedras preciosas, que la vanidad humana había depositado a los pies de aquella criatura que vendía su cuerpo a los tres millones de un viejo de más de setenta años. Pero en lo que las mujeres sobresalían, era en la crónica de los trapos: se habían aprendido el trousseau de memoria como el librito secreto de la Sociedad Hermanas de los Santos .
-Doce vestidos de calle -decía una personita impertinente, de veinticinco años largos, sacando la punta de su zapato de raso por el ruedo del vestido.
-¿Doce? -le pregunta la vecina-, quince... ¡yo los he visto todos!
-¿Es posible?
-Ya lo creo... -replicaba con suficiencia la que parecía más informada.
-Dicen que hay uno de baile espléndido, color bleu d'eau y otro de terciopelo estampado color marfil, guarnecido con ramos de rosas té. ¡Y los matinées son espléndidos! Pero a mí lo que me gusta más, es uno color turquesa muerto. ¡Qué monada!
Y el pudor y el buen gusto no me permiten continuar; aquellas niñas comenzaron por los vestidos, siguieron por las medias y acabaron por inventariar con el desparpajo de un cirujano que hace una operación, hasta las piezas de ropa del más íntimo uso de la novia.
Eran las nueve y media ya, y el salón estaba lleno de hombres y de mujeres, cuando aparecieron Fernanda del brazo de mi tío, y Blanca del brazo de su padre. El señor Penseroso vino a encontrarlos. Las amigas de la novia, vestidas todas de blanco, la rodearon mientras que el sacerdote tomaba suavemente la mano de mi tío y le indicaba que se la diese a Blanca. La rueda de curiosos estrechó el círculo; las mujeres se ponían en puntas de pie; todos querían presenciar la ceremonia. La fisonomía de Blanca no manifestaba turbación alguna: parecía la estatua de la satisfacción. Yo nunca la había visto más linda; nunca el oro mate de sus cabellos había dado más realce a su fisonomía que aquella noche. Su vestido de novia era un poema en el que el telar y la aguja habían hecho las más espléndidas estrofas a su belleza. Entre aquella cascada de flores y de diamantes, de encajes, brocatos y felpas primorosas que invadía el salón de Montifiori, la novia se presentaba con una elegancia llena de distinción, con su traje blanco con aplicaciones de terciopelo cincelado, y por único adorno una onda desbordada de encajes de Inglaterra, que naciendo en el cuello, iba a perderse en su gran cola, después de haber perfumado el contorno con su mística y vaporosa blancura. Dos gruesas perlas, hermanas de los azahares, servíanle de pendientes, y su seno, aquel seno escaso que tan mal sueño me había producido, cerrado completamente por la bata, daba a su busto una corrección de líneas inimitable.
¡Era feliz mi tío!
El señor Penseroso con una dulzura exquisita y un laconismo de la más urbana discreción dijo la ceremonia. Era de ver aquel viejo de cascos ligeros, tonto y baboso, que había vivido dominado por una vieja perversa casi toda su vida, al lado de una criatura llena de vida, de juventud y de belleza, creyéndose capaz el pobre, de haberle inspirado una pasión. Era de ver también la flema con que Montifiori presenciaba el enlace de su hija; y por último pasmaba la apatía con que Blanca se entregaba a un marido que carecía, como era natural, de todos los encantos que un hombre puede ofrecer a una mujer joven y bella.
Cuando el sacerdote terminó la ceremonia, mi tío se echó en brazos de Fernanda y Montifiori en brazos de su hija: los amigos hicieron iguales demostraciones con los novios; no hubo sollozos ni lágrimas, y apenas hubieron terminado las felicitaciones, cuando la orquesta inició el baile, con aquel mismo vals de Metra que yo había bailado con Blanca un año antes, en el Club del Progreso. Se organizaron las parejas y el bullicio y el movimiento invadieron de nuevo el espacioso salón de Montifiori.
Allí encontramos a todos nuestros conocidos del club y a muchos hombres en boga. Montifiori ha convidado a todo el mundo: la casa es pequeña para contener la concurrencia; no faltan ni los desconocidos recientemente llegados; porque en Buenos Aires somos tan amables, que es más fácil abrir la puerta de un salón del gran mundo a un extranjero que acaba de llegar, sea quien fuere, que a un hijo del país que nunca ha salido de su patria; ¡costumbres sudamericanas!
Siempre se cree que es de mal tono no invitar al brillante desconocido, que ha aparecido una noche en la platea del Colón, o un domingo en el bosque de Palermo.
Me acerqué a Blanca; la cumplimenté; me tendió la mano sonriendo, y me dijo:
-Seremos grandes amigos... Soy su tía... -agregó con una sonrisa.
-Lo seremos -le contesté con afecto.
Mi tío me abrazó, pero al sentir su pecho sobre el mío, yo hubiera deseado que no lo hubiera hecho. Sentía vergüenza de mí mismo; deseos de desprenderme de él, de no verlo, de no haberlo conocido. ¿Amaba a Blanca? No: ¡qué diablo!, no la amaba, no la había amado nunca, no habría podido amarla y menos desde aquel día. Ese casamiento era una explotación, y yo le había cobrado una innata repugnancia; porque, al fin, aquella mujer era una mujer de mármol, una mujer sin alma, sin sentimiento, sin poesía siquiera.
Casada con un truhán, con un libertino, pero joven y con el prestigio propio de un hombre, yo la habría comprendido; pero venderse a un viejo valetudinario, a un hombre sin talento, sin espíritu, sin fuerzas...¡cómo justificarla! ¡Cómo creerla digna de ser sentida y amada!
En el bullicio del baile, los novios desaparecieron; bajaron precipitadamente la grande escalera, ganaron el cupé que los esperaba en la puerta de calle y muy pronto estuvieron en la morada que mi tío había preparado para que Blanca pasara su luna de miel con sus setenta y tantos años.
Aquella noche, cuando los pesados y ricos cortinados de la cámara nupcial cayeron sobre los misterios de Himeneo, el Dios del amor debió cerrar sus pliegues con vergüenza, como si se sintiese deshonrado de servir de guardián a los desposorios del Tiempo con la diosa más joven del Olimpo.
Mi amigo don Benito, correctamente vestido, charlaba aquella noche en un rincón del gran comedor de la casa de Montifiori con varios muchachos alegres que comentaban el enlace de Blanca.
-Lo único que le hace falta al novio, es que Montifiori le consiga un pedacito de cinta para el ojal como la que él usa -decía riendo uno de los jóvenes de la rueda.
-¡Eh!, no es tan fácil eso... -decía otro.
-¡Qué no! Mire usted aquel tipo que está allí, aquel narigón. Ha sido vendedor de trapos toda su vida; se dio importancia, se hizo amigo de algún diplomático, y al poco tiempo la mujer le puso un moño en la boutonnière y ahí lo tienen ustedes. ¡Vean con qué garbo muestra su escarapela!
-Y cómo goza Montifiori con esas cosas... ¿eh?
-En fin, esperemos que don Ramón vaya a Europa mañana, compre un título, y que Blanca sea baronesa de algo... -dijo don Benito después de haber apurado una copa de champagne.
-¡Diablo con Montifiori! ¡qué vino nos hace beber! ¿Pero quién lo surte?... -agregaba don Benito-; este champagne es abominable... ¿si nos creerá tontos este gran pieza de Montifiori?
-El cristal de las copas es de primer orden, pero los vinos de Montifiori están a la altura de la mayor parte de sus invitados. Hombre práctico al fin, él sabe que a su casa viene toda clase de gente. Es absurdo, pues, dar buen vino a todo el mundo. ¿Para qué? ¿Quién lo sabría apreciar?
Yo me mantenía retirado de aquel grupo de maldicientes. Me faltaba mi compañera de vals, pasaba por mi memoria el recuerdo de lo que me había sucedido el año anterior. Iba a vivir en la misma casa... ¿qué importa? Yo estaba seguro de mí mismo, ¿qué podía temer? En estas reflexiones estaba abstraído, cuando don Benito vino a golpearme en el hombro.
-Julio -me dijo-, ¿vamos a cenar al club?
-Vamos -le respondí maquinalmente, después de haber saludado a Montifiori y a Fernanda y tomamos nuestro carruaje.
-Sabes -me dijo ya en el coche don Benito- que Fernanda me ha ganado 5.000 duros... ayer.
-¡Fernanda! ¡qué! ¿juega Fernanda?
-¡Bah!...
-Y...
-Y... se los he tenido que pagar... -agregó riendo-; vale la pena de perderlos con ella -añadió-. Si tu honor te lo permitiera, yo te aconsejaría que te los dejaras ganar por Blanca.
-Vamos -le dije, poniéndome serio-, don Benito, eso no es correcto... Blanca es la mujer de mi tío... respetémonos, respetémosla.
-Vaya, niño... no se incomode; respetemos a la señora de su tío de usted... pero tenga cuidado con ella para poderla respetar.
En aquel momento mismo llegábamos al club.
Cenamos y nos dieron las tres de la mañana. En todo el club no se hablaba de otra cosa que de la boda, y como era natural, la crítica se recreaba en morder el argumento por todas sus faces.
-¿Vienes a casa? -me dijo don Benito-; tu cuarto está pronto.
Acepté. A las cuatro de la mañana entrábamos en la casa de mi viejo amigo. Charlamos largo rato y en medio de la charla de don Benito, me adormecí. Entonces, un sueño espantoso pasó por mis ojos. Me vi trasladado a los tiempos del colegio. En la puerta de calle vi a Valentina que parecía esperarme. Era el día de su santo. Llegué a su casa, le di el ramo de jazmines que llevaba para ella: me inquietó la presencia de don Camilo en la mesa. Por la noche, Valentina se acercó a mi lado en el jardín, juntos miramos al cielo; veía su cara risueña y espiritual, sonriendo, llena de luz, de vida y de sentimiento; oí en el piano las notas graves de Beethoven, me despedí de ella... La volví a ver otro día por la última vez... no pude, no supe decirle que la quería... Mi sueño se fue complicando poco a poco... apareció primero entre sus imágenes, la figura escuálida de un clérigo, después mi tío... a su lado, una mujer joven le estrechaba la mano... esa mujer era Valentina... Sentí una terrible opresión en el pecho; quise correr para separarlos, no pude: tenía ligados los pies; quise gritar para que me oyesen, tampoco pude, la emoción cerraba mis labios. Las fuerzas me faltaban; entonces vi caer la mano del clérigo sobre la pareja que recibía su bendición y caí desmayado. ¡Todo había concluido para mí!... ¡Valentina no me pertenecía ya... la había perdido!
¡Ah! pero entonces el terrible sueño que me oprimía como una piedra, se deshizo como un vapor sutil y desperté... ¡Oh! ¡qué íntima, que inmensa alegría inundó mi ser, cuando pensé que Valentina era libre! 



Consignas:

Después de leer los textos seleccionados:

1- a- Elige uno de los textos y sitúalo en su contexto de producción: busca datos sobre el autor, y si se trata de una novela, realiza un resumen del argumento general para contextualizar el capítulo.
b- Identifica en el texto fragmentos que contengan rasgos correspondientes al realismo o naturalismo. Justifica tu selección.

2- Aquí encontrarás un capítulo del programa del filósofo argentino José Pablo Feinmann Filosofía aquí y ahora III,  dedicado a La Generación del 80 

Observa con atención el fragmento desde el minuto 6 al 8.53 y escribe un párrafo que explique con más profundidad la relación entre la generación del 80 y el positivismo. Se puede incluir información adicional en otros recursos, en ese caso citar la fuente.

3- A continuación encontrarás un link para ver un capítulo documental correspondiente a la serie Argentina siglo XX. Historia de un país del canal Encuentro, llamado La gran inmigración (V).  http://www.conectate.gov.ar/educar-portal-video-web/module/detalleRecurso/DetalleRecurso.do?canalId=1&temaId=9&modulo=menu&temaCanalId=9&tipoEmisionId=3&recursoPadreId=50001&idRecurso=50006

Observa especialmente desde el minuto 3.56 al 13.17. Relaciona la situación real de los nuevos pobladores de argentina (¿De dónde provenían los inmigrantes? ¿Qué requisitos se les exigía para venir al país y qué les ofrecían? ¿Cómo eran sus condiciones de vida? ¿Qué eran los conventillos? ) con la forma en que se presenta a los inmigrantes en algunos de los textos de la selección.


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